lunes, 20 de mayo de 2019

Estás que te mueres

No es cierto a pesar de las apariencias y del empeño, -con ese tufo no exento de sadismo-, que pone el especialista; no puede ser que en este preciso instante se me acabe la cuerda. Y mira que lo intento, una y mil veces, pero no consigo que ese hombre cambie de opinión… Y entonces, así, sin que se me note la desesperación, con las gotas de sudor y el temblor de manos en su justa medida, yo me pregunto ¿dónde está escrito que un servidor se vaya a morir sin razón aparente?


Estimado don Claudio, esto se acaba. Vaya arreglando los papeles. Atentamente… La Parca.

Y el galeno que se me queda mirando con esa cara tan singular que tienen los neumólogos, (sobre todo cuando fuman en su tiempo libre), que nada tiene que ver con el gesto algo despótico del que hacen gala algunos reumatólogos, cardiólogos y ese pesado del estomatólogo.

Así que me muero, ¿o me equivoco?,le pregunto por si lo pillo en una duda como a Fernando VII. Se me queda mirando, entorna los ojos -coño, ese gesto es nuevo- y me dice no sé qué del deterioro irreversible del pulmón derecho, ¡a mí con esas! que siempre destaqué por mis múltiples compromisos con todas las causas a medio perder. Caramba, otra vez se me va la pinza…, arrugo el ceño, aprieto los puños y lo cierto es que únicamente recuerdo que su perorata concluyó con algo así como:todos nos moriremos”.

Ahora me encuentro sentado junto a una fuente de cuyos caños lo único que mana es un hilo de hormigas suicidas, frente a mí, un largo pasillo que vivió -tiene guasa- mejores tiempos y al que el abandono ha dejado con muchas ‘calvas’ y el recuerdo del que fuera un manto de gravilla. Y como no quiero hacer el esfuerzo, prefiero no preguntarme por qué estoy aquí, aún conociendo la respuesta; a pesar de que visito este cementerio menos de lo que debiera, a pesar de que mis recuerdos pesan lo necesario, si es que eso fuera posible. Aunque se me rompe el alma por varios sitios porque soy incapaz de abarcar el dolor que me desgarra cada vez que estoy aquí y no puedo permanecer más allá, sólo un poco más, hasta que sienta algo parecido al alivio.
Leo en un cartel cercano que me encuentro en la Zona A, Unidades de enterramiento desde la 123.489 hasta la 127.015. Contemplo mis manos, las apoyo en el banco y las uso a modo de catapulta. Camino con pasos cortos observando casi nada y me río; escucho el ruido que hacen mis pies y compongo un chiste: Claudio, vas con la muerte en los talones. Paso junto a varios nichos y leo: “Tus hijos y nietos no te olvidarán”, Promoción de 1948, con afecto”... y esta última con la que casi me lío: ‘Zona de zanjas: Precaución’. Madre del amor hermoso, tampoco hay que adelantar el momento del óbito.


Con los penúltimos rayos de este sol otoñal me asalta el recuerdo -¿cuándo he mentido?- de aquella crisis existencial, fruto de una adolescencia errática, por la que estuve a punto de tomar las hábitos de la congregación que gestionaba el cementerio. Me entrevisté con el prior que tuvo a bien mostrarme las instalaciones, hablarme de la filosofía que guiaba a su orden y de algunas cosas más, pero todo se quedó flotando en el aire, al igual que esas dos hojas que se han desprendido del árbol que acabo de dejar atrás.


Suena el móvil y en la pantalla aparece 'Farmacia Julián’... qué buena gente es este hombre. Me ha recordado que puedo pasar a recoger las pastillas para el colesterol y el jarabe antitusivo. “Don Claudio, no se olvide que mañana se cierra la porra para el partido del siglo’. Que me esté muriendo no es óbice para abandonar el cuidado de mi salud ni esas otras virtudes que jalonan la vida -a pesar de la Parca-.
Con todo el ajetreo apenas he tenido tiempo para pensar en mi muerte, en la ropa con la que me amortajarán, si deben o no recortarme la barba y el color y modelo del ataúd dentro del cual me despediré de este mundo mientras la candela hace su trabajo. Así que ahora y tras meditarlo largo tiempo, -elipsis le llaman-, creo que la incineración me dejará ligero, ingrávido… hecho polvo.

¡Cuánto tiempo sin habernos honrado con su presencia!. Pase, pase, don Claudio que su mesa de siempre está esperándole y don Julián, también. Imagino que comenzaremos con un vino y algo de… –y en ese momento interrumpí el caudal verbal de Antonio a quien miré con esa mirada que sólo tiene alguien que sabe que esto se acaba. Querido Antonio, -le dije, antes de entrar a 'matar’-, me gustaría hacerles partícipes de una confidencia. Verán, a parte de ustedes no tengo a nadie más en esta vida por la que he transitado con luces y sombras. Y ahora, según me ha confirmado el neumólogo -cuya existencia espero que sea larga y venturosa- mi presencia aquí toca a su fin. Caras que mudan de color, manos que no encuentran su lugar en este mundo y, también debo apuntar, unas lágrimas que empiezan a poblar los ojos de mis amigos. Tomo aire, les dedico una sonrisa para darles el tiempo hasta que puedan recomponer la figura… y reanudo el discurso. Sé que nunca se sabe cómo dar este tipo de noticia, coño, se pueden imaginar mi cara, pero tras un primer momento de desasosiego, de negar tamaña posibilidad, de ciscarse en las Ciencias médicas, se va aposentando la realidad por cruda que sea. No, amigos míos, no se pongan tristes, al fin y al cabo, y si me fío del médico, todos nos tenemos que morir… ¡Julián, Antonio, arriba esos ánimos!, Y ya está bien de tanta pena. Vamos a por esa primera botella de vino, que estoy que me muero, o casi.

Sala 6. Claudio Hernández Vallejo. Incineración. 12:30 horas. Dos coronas de rosas rojas flanquean el ataúd. En la cinta de una se puede leer: De Antonio, para el amigo del alma”, mientras que en la otra reza: Esto no se acaba aquí”.




miércoles, 3 de abril de 2019

Los hijos padres








"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre". Con tal ‘certeza’ nunca se sabe dónde diablos espera agazapado ese golpe que la Fortuna –diosa, dicen– está dispuesta a derramar sobre el pellejo del buscador. Y con semejante información, lo mejor que puede ocurrir es que el preguntador acabe siendo encontrado por aquellos que husmean hasta en las entretelas de un ataúd. Y no, no crea usted…, ¿dijo que se llamaba Pedro?, que somos mala gente, simplemente doblamos esquinas que jamás quisieron ser avenidas, aventamos preguntas que el rebuscador ignoraba que es mejor no hacer; somos los hijos de unos padres que abrieron puertas que se creían inexpugnables, somos la nausea para después del brindis.Y no, no se crea todo lo que cuentan por ahí, porque a veces, tras la última muerte de tinta, tras colgar el teléfono que rebosa súplicas, es posible que alguno de los aquí presentes, recuerde su infancia y pregunte por ese¡pinche padre!

viernes, 8 de marzo de 2019

Ellos son nosotros

“Tu padre es un ladrón, un cabrón, ¡españoles!”

Jamás he buscado justificaciones que sustenten los motivos que me llevaron a elegir la frase que aparece escrita en cursiva y debajo del título, pero en el caso que me ocupa, creo que es necesario: La barbarie del terrorismo etarra, tanto de los que apretaron el gatillo como de aquellos palmeros miserables que justifican –no me equivoco al usar el tiempo verbal– esas atrocidades, debe aparecer sin medias tintas.
He leído Morir para contarlo (SAHATS Servicios Editoriales, 2014) escrito por Salvador Ulayar Mundiñano, –prologado por Ángeles Escrivá–, un relato desgarrador, devastador, directo, escrito desde la serenidad de un adulto cuya niñez junto con la de sus tres hermanos “se quedó corta de padre”, de un progenitor que fue asesinado delante de ese Salvador de trece años a manos de unos sicarios a la par que vecinos. Porque no sólo están quienes empuñaron la pistola, también forman parte de esta historia (y de tantas iguales y parecidas ocurridas en Navarra o el País Vasco) familiares directos que jugaron su papel en ese asesinato; gentes que acosaron durante años a ciudadanos inocentes, –por ejemplo, a los Ulayar Mundiñano– simplemente porque no comulgaban con los delirios. Y no, jamás se podrá igualar a víctimas y verdugos: Jamás.

Este trabajo escrito por Salvador Ulayar no es un texto amable –¿qué es eso de amabilidad y buen rollo cuando de la vida estamos hablando?–, porque no tiene que serlo, porque como señala el escritor, “sólo abro mi corazón… llenando páginas con la tinta del recuerdo”, en alguien que ha sobrevivido durante largos años, (casi una eternidad), acompañado del desconsuelo, que como afirma “ha sido mi único consuelo”, pero con las cosas claras: “aprendí que no debía importarme lo que digan aquellos que no me importan”.
En Morir para… no sé qué momentos son más intensos porque en este caso, la realidad que describe jamás podrá ser superada por la ficción, y no será porque los expertos en blanquear no se empeñen en la tarea, mas si tengo que buscar fragmentos en el texto para destacar, sirva este estado de ánimo allá por el año 1996, donde el menor de los Ulayar Mundiñano se enfrenta a la salida de prisión del asesino de su padre, Jesús Ulayar…, y su pozo interior se revuelve, y allí en el fondo, están guardadas las inmundicias: “llamadas, miedo, muerte, venganza, nada, dolor, ansiedad, angustia, pena, llanto, rabia, debilidad… humillación, burla, acoso”…
Habría más, mucho más que añadir, pero eso le corresponde a usted, lector.

martes, 22 de enero de 2019

No todo pobre es un pobre diablo

Tengo la sensación –y como tal, no exenta de subjetividad– que cuando en alguna novela, folletín o largometraje de género negro –y subgéneros– se aborda el mundo del quinqui, laja o ruina humana con residencia en un barrio de viviendas sociales de los años cincuenta o su versión desarrollista de enjambre poligonero inaugurado en los setenta, –sea como trama principal o no–, me encuentro con personajes pegados al lamento de lo puteados que están por la policía corrupta, el padrino subdesarrollado que trafica con casi todo lo que se mueve o con un padre borrachín e incluso politoxicómano, que termina confundiendo su amor por la birra con ese que jamás recibió, y con tal bagaje, se vuelven remisos –los jovenzuelos, claro– en grado sumo a buscarse la vida sin joder al prójimo.
La deuda social: Y una mierda
Más aún, esas piltrafas, –y siendo honesto, no siempre todos los personajes cojean de ese lado miserable ¿o tal vez, sí?– lloran por las esquinas mientras se reparten el botín del palo a un vecino que reside tres calles más abajo (ser humano que quedará destrozado para los restos y al que poco caso se hace). Luego, tras su heroicidad, se apalancarán en el parque, plaza o esquina con vistas, desde donde sin importar las condiciones meteorológicas o las acampadas de los seguidores del lema verdadero, gritarán su mala suerte… y vuelta a empezar ¡cojones!, que esta mierda de vida es una vida de mierda (sic). Y muchos de esos pibes, si se tercia, alardearán de un calamitoso expediente académico con más repeticiones de curso y expulsiones del instituto que cierto motorista aficionado a besar el asfalto.
¿Qué hacemos con estos mimbres?, ¿lo convertimos, acaso en el material con el que construir [justificar] una mierda de vida hasta que la sobredosis o atraco frustrado los facture para las chacaritas?
Pero no
No todos aquellos que cayeron en la ruina por los motivos que sean, –y los hay que se hundieron tanto que ríase usted del Titanic–, tras digerir el ladrillazo que supuso la tragedia se rebelaron sacando, si no todo el cuerpo, sí al menos esa parte necesaria para continuar viviendo.
Y es que no todo pobre es un pobre diablo que busca el subsidio a perpetuidad de la palmada en la espalda o el hombro sobre el que enjugar una furtiva lágrima; ni tira por la calle de en medio de joder al prójimo (porque la sociedad les debe algo) y aprovecha que se apagan las luces y la víctima queda al margen de los focos, para esbozar una sonrisa en la que se halla la promesa de que su vida correrá a cargo del otro. Esto es, de los paganinis de siempre.
Insisto
Y claro que hay perdedores que jamás levantaron la cabeza muy a su pesar; y ahí estuvieron sobrados de dignidad y la palmaron; y ahí están boqueando con toda la decencia que permite el hambre –sí, inclusive la del plato nunca colmado o la de la injusticia con bendición oficial–. Y sí, esas historias son tan negras y criminales y llenas de matices que deben relegar al olvido de la nota al margen –y me pierde la bondad– a esas historietas del matao que llora por la farlopa perdida.





sábado, 15 de diciembre de 2018

Escupa ese polvorón (Relato navideño en mantecado mayor)

La Nochebuena se viene, tururú
la Nochebuena se va.
Y nosotros nos iremos, tururú
y no volveremos más.


De chiripa, por una de esas casualidades que tiene la vida, ayer descubrí que he participado, publicitado e invertido dinero en una mentira; que me han estado engañando casi seis décadas. Que hay mucho hijo de puta conchabado… qué digo hijos de puta, existe toda una industria gobernada por enfermos mentales, sociópatas en su mayoría, detrás de esta estafa. Empezamos bien, pero que muy bien.

Y no, no ponga esa cara de asombro, porque ya me dirá cómo diablos se explica que uno de los villancicos más populares contenga una estrofa en la que deja bien a las claras que usted, sí, usted que ahora mismo lee esto, se morirá tan pronto como acabe de cantar el susodicho. ¡¿Que estoy exagerando?!, pues entérese de una vez y hágase un favor: ¡Escupa ese polvorón, antes de que sea tarde!

domingo, 25 de febrero de 2018

Arcadia

El barrio es una explosión de líneas paralelas, de horizonte despejado, un lugar donde las hojas otoñales caen ordenadamente en grupos de cuatro, tapizando las anchas aceras y los prados cercanos. Los árboles de gran porte e impronunciable nombre asumen la alopecia estacional con dignidad mientras que en el interior de las coquetas mansiones la vida de alguno de sus moradores es despedazada sin contemplaciones.

Los días pasan entre el gorjeo de juguetonas aves que depositan sus excrementos en columpios y bancos, esos cantos nunca interrumpidos por los alaridos provenientes de cómodos sótanos, hacen las veces de involuntaria banda sonora de espectáculos atroces en los que se celebran rituales de rancio abolengo: Otra forma de socializar.

Por las tardes, los niños animan los espacios públicos con gritos sincopados, pero únicamente durante veintiséis minutos; transcurrido ese tiempo, sobre el núcleo urbano cae el silencio… sin estridencias.

El insistente sonido de la aldaba lo expulsó de un incipiente sopor y antes de darse cuenta se encontraba en el porche observando un paquete al que iba adherida una nota: “Usted decide”
Tomar decisiones, que no es tan fácil como vaciar una botella de bourbon, es un camino al que este tipo busca atajos sin maldito pudor, un lugar del que mucho se habla en ese barrio de avenidas interminables, sobre todo en cumpleaños y fiestas de guardar.

Pero en el interior de aquel paquete había una posdata de mensaje tan directo como inequívoco: 

“Usted es un hijo de puta al que le restan pocos días de vida y créame cuando le digo que por ese tiempo tendrá que realizar un trabajo sencillo: ‘facturar' dos vidas. No se agobie porque una de ellas será la suya.”



domingo, 12 de noviembre de 2017

Yo estuve en el Womad

Con ‘Niño de Elche’ viví una experiencia cercana a la muerte auditiva durante la parte final de su actuación en la 18ª edición del Womad Las Palmas de Gran Canaria.
Miénteme’ y ‘Que os follen’ fueron esos temas que marcan un después en el camino al purgatorio, el antes, se desarrolló durante el sábado 11 de noviembre de 2017 con un paseo por la costa noroeste, besos, una buena comida y la decisión, a todas luces improvisada, de acercarnos hasta el Parque Santa Catalina para recordar los viejos tiempos, allá por los años noventa, cuando la organización inspirada por Peter Gabriel plantó sus reales en esta urbe atlántica.
Me tomaré una libertad adentrándome en profundidades éticas: 'Miénteme' es toda una declaración de intenciones políticas: ¿acaso duda?, pues Contreras preguntaba al público que abarrotaba la zona. "y aquí ¿cuándo son las elecciones?", la respuesta que recibió se perdió entre imágenes de lascivia que se desarrollaban no muy lejos de donde estábamos.

Será que uno no está según para qué trotes, pero el paseo por el parque, -con un buen ambiente- dio para curiosear los puestos de artesanía, pocos pero resultones, y descubrir que el paisanaje lo integraban de forma mayoritaria seres humanos que rondaban la treintena larga de años (los más jóvenes). Nos sentimos entre los ‘nuestros'.

Otro de los aspectos a destacar en la visita etnomusical tiene que ver con el hecho de no haber sufrido accidente alguno -ni un solo vaso derramado junto a nosotros, ni una salpicadura que mancillase nuestra indumentaria; ni siquiera hubo un borracho que tuviera a bien elegirnos como objeto de sus delirios. No sé si achacar el hecho a mi cara de mala leche o la decisión de alguna deidad.

Y mientras en el escenario principal Bombino disparaba acordes, regresaban a mi torturada memoria ciertas imágenes durante los gorjeos del ilicitano: un grupo de jóvenes poseídos por los efluvios alcohólicos que a modo de homenaje -creo- movían sus cuerpos al más puro estilo rave, mientras que sobre el escenario junto al edificio Miller, Francisco Contreras -con su particular cadencia- tuvo a bien introducirse el micrófono en la boca, poniendo en peligro la integridad estructural del chisme. Pero ahí no quedó la cosa… o tal vez sí: ¡Que os follen!