"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre". Con tal ‘certeza’ nunca se sabe dónde diablos espera agazapado ese golpe que la Fortuna –diosa, dicen– está dispuesta a derramar sobre el pellejo del buscador. Y con semejante información, lo mejor que puede ocurrir es que el preguntador acabe siendo encontrado por aquellos que husmean hasta en las entretelas de un ataúd. Y no, no crea usted…, ¿dijo que se llamaba Pedro?, que somos mala gente, simplemente doblamos esquinas que jamás quisieron ser avenidas, aventamos preguntas que el rebuscador ignoraba que es mejor no hacer; somos los hijos de unos padres que abrieron puertas que se creían inexpugnables, somos la nausea para después del brindis.Y no, no se crea todo lo que cuentan por ahí, porque a veces, tras la última muerte de tinta, tras colgar el teléfono que rebosa súplicas, es posible que alguno de los aquí presentes, recuerde su infancia y pregunte por ese¡pinche padre!
miércoles, 3 de abril de 2019
Los hijos padres
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Miguel Ángel CONTRERAS BETANCOR/ Escritor y periodista. Director del blog literario (El lector) lectorel.blogspot.com
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19:33
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viernes, 8 de marzo de 2019
Ellos son nosotros
“Tu padre es un ladrón, un cabrón, ¡españoles!”
Jamás he buscado justificaciones que sustenten los motivos que me llevaron a elegir la frase que aparece escrita en cursiva y debajo del título, pero en el caso que me ocupa, creo que es necesario: La barbarie del terrorismo etarra, tanto de los que apretaron el gatillo como de aquellos palmeros miserables que justifican –no me equivoco al usar el tiempo verbal– esas atrocidades, debe aparecer sin medias tintas.
He leído Morir para contarlo (SAHATS Servicios Editoriales, 2014) escrito por Salvador Ulayar Mundiñano, –prologado por Ángeles Escrivá–, un relato desgarrador, devastador, directo, escrito desde la serenidad de un adulto cuya niñez junto con la de sus tres hermanos “se quedó corta de padre”, de un progenitor que fue asesinado delante de ese Salvador de trece años a manos de unos sicarios a la par que vecinos. Porque no sólo están quienes empuñaron la pistola, también forman parte de esta historia (y de tantas iguales y parecidas ocurridas en Navarra o el País Vasco) familiares directos que jugaron su papel en ese asesinato; gentes que acosaron durante años a ciudadanos inocentes, –por ejemplo, a los Ulayar Mundiñano– simplemente porque no comulgaban con los delirios. Y no, jamás se podrá igualar a víctimas y verdugos: Jamás.
Este trabajo escrito por Salvador Ulayar no es un texto amable –¿qué es eso de amabilidad y buen rollo cuando de la vida estamos hablando?–, porque no tiene que serlo, porque como señala el escritor, “sólo abro mi corazón… llenando páginas con la tinta del recuerdo”, en alguien que ha sobrevivido durante largos años, (casi una eternidad), acompañado del desconsuelo, que como afirma “ha sido mi único consuelo”, pero con las cosas claras: “aprendí que no debía importarme lo que digan aquellos que no me importan”.
En Morir para… no sé qué momentos son más intensos porque en este caso, la realidad que describe jamás podrá ser superada por la ficción, y no será porque los expertos en blanquear no se empeñen en la tarea, mas si tengo que buscar fragmentos en el texto para destacar, sirva este estado de ánimo allá por el año 1996, donde el menor de los Ulayar Mundiñano se enfrenta a la salida de prisión del asesino de su padre, Jesús Ulayar…, y su pozo interior se revuelve, y allí en el fondo, están guardadas las inmundicias: “llamadas, miedo, muerte, venganza, nada, dolor, ansiedad, angustia, pena, llanto, rabia, debilidad… humillación, burla, acoso”…
Habría más, mucho más que añadir, pero eso le corresponde a usted, lector.
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Miguel Ángel CONTRERAS BETANCOR/ Escritor y periodista. Director del blog literario (El lector) lectorel.blogspot.com
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12:18
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martes, 22 de enero de 2019
No todo pobre es un pobre diablo
Tengo la sensación –y como tal, no exenta de subjetividad– que cuando en alguna novela, folletín o largometraje de género negro –y subgéneros– se aborda el mundo del quinqui, laja o ruina humana con residencia en un barrio de viviendas sociales de los años cincuenta o su versión desarrollista de enjambre poligonero inaugurado en los setenta, –sea como trama principal o no–, me encuentro con personajes pegados al lamento de lo puteados que están por la policía corrupta, el padrino subdesarrollado que trafica con casi todo lo que se mueve o con un padre borrachín e incluso politoxicómano, que termina confundiendo su amor por la birra con ese que jamás recibió, y con tal bagaje, se vuelven remisos –los jovenzuelos, claro– en grado sumo a buscarse la vida sin joder al prójimo.
La deuda social: Y una mierda
Más aún, esas piltrafas, –y siendo honesto, no siempre todos los personajes cojean de ese lado miserable ¿o tal vez, sí?– lloran por las esquinas mientras se reparten el botín del palo a un vecino que reside tres calles más abajo (ser humano que quedará destrozado para los restos y al que poco caso se hace). Luego, tras su heroicidad, se apalancarán en el parque, plaza o esquina con vistas, desde donde sin importar las condiciones meteorológicas o las acampadas de los seguidores del lema verdadero, gritarán su mala suerte… y vuelta a empezar ¡cojones!, que esta mierda de vida es una vida de mierda (sic). Y muchos de esos pibes, si se tercia, alardearán de un calamitoso expediente académico con más repeticiones de curso y expulsiones del instituto que cierto motorista aficionado a besar el asfalto.
¿Qué hacemos con estos mimbres?, ¿lo convertimos, acaso en el material con el que construir [justificar] una mierda de vida hasta que la sobredosis o atraco frustrado los facture para las chacaritas?
Pero no
No todos aquellos que cayeron en la ruina por los motivos que sean, –y los hay que se hundieron tanto que ríase usted del Titanic–, tras digerir el ladrillazo que supuso la tragedia se rebelaron sacando, si no todo el cuerpo, sí al menos esa parte necesaria para continuar viviendo.
Y es que no todo pobre es un pobre diablo que busca el subsidio a perpetuidad de la palmada en la espalda o el hombro sobre el que enjugar una furtiva lágrima; ni tira por la calle de en medio de joder al prójimo (porque la sociedad les debe algo) y aprovecha que se apagan las luces y la víctima queda al margen de los focos, para esbozar una sonrisa en la que se halla la promesa de que su vida correrá a cargo del otro. Esto es, de los paganinis de siempre.
Insisto
Y claro que hay perdedores que jamás levantaron la cabeza muy a su pesar; y ahí estuvieron sobrados de dignidad y la palmaron; y ahí están boqueando con toda la decencia que permite el hambre –sí, inclusive la del plato nunca colmado o la de la injusticia con bendición oficial–. Y sí, esas historias son tan negras y criminales y llenas de matices que deben relegar al olvido de la nota al margen –y me pierde la bondad– a esas historietas del matao que llora por la farlopa perdida.
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Miguel Ángel CONTRERAS BETANCOR/ Escritor y periodista. Director del blog literario (El lector) lectorel.blogspot.com
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13:33
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sábado, 15 de diciembre de 2018
Escupa ese polvorón (Relato navideño en mantecado mayor)
La Nochebuena se viene, tururú
la Nochebuena se va.
Y nosotros nos iremos, tururú
y no volveremos más.
la Nochebuena se va.
Y nosotros nos iremos, tururú
y no volveremos más.
De chiripa, por una de esas casualidades que tiene la vida, ayer descubrí que he participado, publicitado e invertido dinero en una mentira; que me han estado engañando casi seis décadas. Que hay mucho hijo de puta conchabado… qué digo hijos de puta, existe toda una industria gobernada por enfermos mentales, sociópatas en su mayoría, detrás de esta estafa. Empezamos bien, pero que muy bien.
Y no, no ponga esa cara de asombro, porque ya me dirá cómo diablos se explica que uno de los villancicos más populares contenga una estrofa en la que deja bien a las claras que usted, sí, usted que ahora mismo lee esto, se morirá tan pronto como acabe de cantar el susodicho. ¡¿Que estoy exagerando?!, pues entérese de una vez y hágase un favor: ¡Escupa ese polvorón, antes de que sea tarde!
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13:20
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domingo, 25 de febrero de 2018
Arcadia
El
barrio es una explosión de líneas paralelas, de horizonte
despejado, un lugar donde las hojas otoñales caen ordenadamente en
grupos de cuatro, tapizando las anchas aceras y los prados cercanos.
Los árboles de gran porte e impronunciable nombre asumen la
alopecia estacional con dignidad mientras que en el interior de las
coquetas mansiones la vida de alguno de sus moradores es despedazada
sin contemplaciones.
Los
días pasan entre el gorjeo de juguetonas aves que depositan sus
excrementos en columpios y bancos, esos cantos nunca interrumpidos
por los alaridos provenientes de cómodos sótanos, hacen las veces
de involuntaria banda sonora de espectáculos atroces en los que se
celebran rituales de rancio abolengo: Otra forma de socializar.
Por
las tardes, los niños animan los espacios públicos con gritos
sincopados, pero únicamente durante veintiséis minutos;
transcurrido ese tiempo, sobre el núcleo urbano cae el silencio…
sin estridencias.
El
insistente sonido de la aldaba lo expulsó de un incipiente sopor y
antes de darse cuenta se encontraba en el porche observando un
paquete al que iba adherida una nota: “Usted
decide”
Tomar
decisiones, que no es tan fácil como vaciar una botella de bourbon,
es un camino al que este tipo busca atajos sin maldito pudor, un
lugar del que mucho se habla en ese barrio de avenidas interminables,
sobre todo en cumpleaños y fiestas de guardar.
Pero
en el interior de aquel paquete había una posdata de mensaje tan
directo como inequívoco:
“Usted
es un hijo de puta al que le restan pocos días de vida y créame
cuando le digo que por ese tiempo tendrá que realizar un trabajo
sencillo: ‘facturar' dos vidas. No se agobie porque una de ellas
será la suya.”
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Miguel Ángel CONTRERAS BETANCOR/ Escritor y periodista. Director del blog literario (El lector) lectorel.blogspot.com
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13:23
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domingo, 12 de noviembre de 2017
Yo estuve en el Womad
Con
‘Niño de Elche’ viví una experiencia cercana a la
muerte auditiva durante la parte final de su actuación en la 18ª
edición del Womad Las Palmas de Gran Canaria.
‘Miénteme’
y ‘Que os follen’ fueron esos temas que marcan un después en el
camino al purgatorio, el antes, se desarrolló durante el sábado 11
de noviembre de 2017 con un paseo por la costa noroeste, besos, una
buena comida y la decisión, a todas luces improvisada, de acercarnos
hasta el Parque Santa Catalina para recordar los viejos tiempos, allá
por los años noventa, cuando la organización inspirada por Peter
Gabriel plantó sus reales en esta urbe atlántica.
Me tomaré una libertad adentrándome en profundidades éticas: 'Miénteme' es toda una declaración de intenciones políticas: ¿acaso duda?, pues Contreras preguntaba al público que abarrotaba la zona. "y aquí ¿cuándo son las elecciones?", la respuesta que recibió se perdió entre imágenes de lascivia que se desarrollaban no muy lejos de donde estábamos.
Será
que uno no está según para qué trotes, pero el paseo por el
parque, -con un buen ambiente- dio para curiosear los puestos de
artesanía, pocos pero resultones, y descubrir que el paisanaje lo
integraban de forma mayoritaria seres humanos que rondaban la
treintena larga de años (los más jóvenes). Nos sentimos
entre los ‘nuestros'.
Otro
de los aspectos a destacar en la visita etnomusical tiene que ver con
el hecho de no haber sufrido accidente alguno -ni un solo vaso
derramado junto a nosotros, ni una salpicadura que mancillase nuestra
indumentaria; ni siquiera hubo un borracho que tuviera a bien
elegirnos como objeto de sus delirios. No sé si achacar el hecho a
mi cara de mala leche o la decisión de alguna deidad.
Y
mientras en el escenario principal Bombino disparaba
acordes, regresaban a mi torturada memoria ciertas imágenes durante los
gorjeos del ilicitano: un grupo de jóvenes poseídos por los efluvios
alcohólicos que a modo de homenaje -creo- movían sus cuerpos al más
puro estilo rave, mientras que sobre el escenario junto al edificio
Miller, Francisco Contreras -con su particular cadencia- tuvo a bien
introducirse el micrófono en la boca, poniendo en peligro la
integridad estructural del chisme. Pero ahí no quedó la cosa… o
tal vez sí: ¡Que os follen!
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Miguel Ángel CONTRERAS BETANCOR/ Escritor y periodista. Director del blog literario (El lector) lectorel.blogspot.com
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14:01
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miércoles, 5 de julio de 2017
Alivio mediterráneo
Hay
tres motivos que apuntalan mi querencia por viajar a la Península:
conocer a los paisanos, deleitar mi sentido estético con el paisaje
y aliviar mis entrañas. Y no crea, porque a veces pesa tanto la última razón, que las dos primeras se diluyen en el
bajante de mis necesidades primarias.
Mientras
decido el momento ideal para emprender ese viaje que en nada recuerda
la aventura iniciática europea [Grand Tour] de los jóvenes
aristócratas británicos imberbes, (¿se da cuenta? esa ansiedad que está consumiéndome me lanza por el terraplén de la cursilería) soporto los
embates de la quietud intestinal a base de un brebaje cuya simple
mención trae a la memoria las andanzas de un centrocampista
nigeriano en busca de mejores estadios en los que demostrar sus
habilidades. Trago ese líquido espeso, una noche tras otra, con la
esperanza de que a la mañana siguiente unos tímidos golpes
se conviertan en los prolegómenos (si la fortuna así lo quiere) de un torrente de
notas disonantes provenientes de lo más profundo del alma, que me
obligue ¡dichoso verbo! a partir sin dilación y una gran sonrisa,
hacia el recipiente de cuyo nombre todos nos acordamos.
Pero
claro, es necesario que ahonde en los motivos por los que ese inmenso
trozo de terreno patrio es tan propicio para dar rienda suelta; para
liberar a mi comarca intestinal de esa opresión en modo alguno
benéfica. Y la respuesta no es otra que el clima mediterráneo,
desfacedor de entuertos, desde aquellos que promueven el colesterol, ––malo de solemnidad––, pasando por las demás trampas que esperan,
agazapadas entre fogones, al incauto homo tragón. Ese clima cuya
sola mención provoca la actuación de rapsodas, compositores de
percusión estridente o escribidores de pluma ardiente, como ardiente
es el pesar que ocasiona el prolongado exilio del trono. Mediterráneo es también pasear por la plaza del Obradoiro mientras las campanas
de la catedral marcan el tránsito de las horas que nos convocan a visitar
alguna de las tabernas que pueblan el lugar. Sí, eso es dieta
mediterránea, a pesar de que en la lejanía se oyen los tímidos embates
del Océano Atlántico y el comensal se esfuerza en dar buena cuenta
del guiso, y allí, desde el otro lado de las ventanas de casa Manolo, saludan unas
tímidas damas de ropajes coloristas que se dirigen a la Plaza de
Cervantes sin más guía que el cabo de la escoba a modo de brújula
y un rumbo por determinar.
La
dieta mediterránea tiene esas cosas: empiezas con ella para rebajar
los kilos que otros se empeñan en afirmar que están de más, luego consideras que lo mejor es ir hasta el lugar
de los hechos y descubres, mientras hundes la cuchara en enésimo
plato de puchero cántaro, que eso es vida. Pero las sorpresas no
acaban; absorto en la sobremesa con café y copa y mirando al
horizonte de vestigios tarracos, de repente, surge la imperiosa necesidad de visitar el
baño. Y el asunto se repite una y otra vez hasta el paroxismo (un
alivio) y entonces sí lo tienes claro: ¡Es el aceite de oliva combinado con una bajada de la presión atmosférica! O simplemente ¡es el Mediterráneo! Y te sonríes, porque algo hay que hacer.
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Miguel Ángel CONTRERAS BETANCOR/ Escritor y periodista. Director del blog literario (El lector) lectorel.blogspot.com
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12:16
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