sábado, 19 de febrero de 2022

La felicidad emboscada

   No existe peor costumbre que ignorar las señales que indican la llegada de un tiempo nuevo a pesar de que algunos se empeñen en avisar que tales aires renovadores no son otra cosa que una amplia gama de aromas pútridos que arrasaron vidas y haciendas durante aquellas décadas alocadas que abrasaron el siglo XX. A pesar de los pesares, hay cabezas obcecadas por avisar del engaño que siempre terminan causando una ridícula muesca en las piedras del templo más cercano que generan las risas de unos pocos y la vergüenza del entorno familiar siempre proclive a ofrecer el sacrificio de uno de los suyos en el altar del progreso. Y ahí quería llegar.

Desconozco si usted es o simplemente parece, pero por si acaso advierto que estas líneas pretenden ahondar en la comprensión de un fenómeno de naturaleza ideológica apuntado líneas arriba y con el que hemos aprendido a convivir porque sí, porque es lo correcto; porque la historia es hija del avance; porque nos ha alimentado, vestido, educado, emparejado, abortado, arruinado, liquidado, embrutecido y hasta borrado del mapa en poco más de una centuria. ¡Diantres!, y como si fuera una bendición sin posibilidad de devolución al remitente, el ecosistema progresista persiste en su convicción de que sin ellos todo será presa del caos: Regresaremos a una caverna sin sombras que nos confundan y seremos devorados desde los cimientos de nuestras callosidades por presencias malignas, antes dueños absolutos del capital, y desde ese instante carceleros del averno, y es así porque en el pecado llevamos la penitencia.

Y dicen todo eso mientras reparten las migajas de las bacanales que ellos dan en llamar redistribución de la riqueza. Agrupémonos todos… puesto que ellos nos hablan, legislan y abochornan desde esa superioridad moral, ética, estética y sobrenatural de la que son depositarios gracias a los éxitos obtenidos por la revolución rusa que eliminó las colas para entrar en la URSS (y resto del universo del camarada Lenin) pero creó las filas de ciudadanos propios ante comercios que, si había suerte, dispensaban el peor tabaco, la carne (risas) casi menguante y el resto de productos alimenticios que hicieron fecundar el Estado de los soviets hasta que –malditos desagradecidos–, un borracho y otros tipos con más sesera dijeron aquello de «Esto es todo, tovarich». Y el personal soviético-ruso de toda la vida que miraba perplejo al televisor, frente a un escaparate repleto de productos occidentales –cabrones– posiblemente haciéndose preguntas, si bien ninguna de ellas sería esta: «¿Qué pasará con los avances de nuestro querido socialismo?». Espeluznante.

   Se puede hablar largo y tendido de lo que acontece en España con la certeza absoluta de que cualquier valoración está condenada al ostracismo, insultos varios y ataques de gota de las masas críticas que no admiten, por ir contra natura, el menor cuestionamiento de cómo diablos entienden que debe ser vivir en una democracia y menos aún qué hacer cuando alcanzan el poder, ése que siempre está en las manos equivocadas. Como ejemplo sin fisuras sirva este lema reciente que tanta pupa ha hecho: Comunismo o Libertad y el fundido en negro que reflejan sus rostros tan poco acostumbrados a estas verdades del barquero, desconocedores de lo que significa aceptar otras ideas porque simplemente no conciben el respeto al discrepante…

Como sea que no pretendo ir más allá de la esquina por miedo a ser pasto de miradas lujuriosas y comentarios procaces, sepa usted que aquí se acaba lo que había en la confianza de que existe unanimidad, al menos en mi núcleo familiar, al afirmar que la ideología de izquierdas -no importan sus variantes- es uno de los mayores virus que ha ocasionado una pandemia no declarada como tal por el conocido chiringuito pseudosaludable. No busque mejunjes para protegerse, esa peste con disfraz de felicidad emboscada se cura huyendo del miedo y plantando cara. Y sí, son ellos o nosotros.


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